Suspiró.
"Chris, estoy agotado. Algunas enfermeras son tan groseras... Deberías oírlas hablar de los camilleros, como si no fuéramos seres humanos."
"Bienvenido al mundo real, hermano", rió Chris.
"Esperaba... conocer a alguien genuino. Pero después de hoy, lo dudo. Todos están fingiendo."
"Tranquilo. Hay cosas buenas y malas en todas partes. Quizás mañana sea diferente."
A la mañana siguiente, James llegó antes que todos, con la fregona y el cubo en la mano. El silencio antes del ajetreo era relajante. Pronto, se oyeron taconazos:
"¿Dónde está el de la limpieza? ¡Este suelo está lleno de polvo!", gritó Vivien. "¿Quieres que los pacientes se resbalen y mueran?"
"Lo siento, señora, me encargo de ello enseguida."
"Más te vale, o te reporto a la gerencia."
Más tarde, un mensaje de WhatsApp de Chris: "¿Qué tal el segundo día?". James apenas sonrió. Esperaba una mirada amable, no por su uniforme ni por su riqueza oculta, sino por su corazón.
En el mismo pueblo vivía Lisa, una joven valiente, madre soltera. Su padre, viudo y pobre, lo había sacrificado todo para criarla: vendía madera y piezas de radios viejas para pagar sus estudios. Su madre había fallecido cuando Lisa era niña. Un día, mientras estudiaba enfermería, un hombre en quien confiaba abusó de ella. Lloró durante semanas, pero encontró la fuerza para seguir adelante. Embarazada, decidió tener al niño y continuar sus estudios a pesar de las burlas.
Pasaron los años. Con el diploma en la mano, sin contactos ni zapatos bonitos, se aferró a la esperanza. Una noche, llegó a casa con un volante:
"¡Papá, el Hospital Starlight está contratando!"
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