La noche que la casa no lo dejó descansar
El sonido comenzó mucho antes de que nadie comprendiera su significado, un golpe sordo y repetitivo que resonaba en la silenciosa casa estadounidense después de la medianoche. No era un sonido juguetón ni descuidado como el que a veces dan los niños al golpear los muebles, sino pesado, deliberado y lleno de una desesperación sin lenguaje propio. Oliver Reed, de diez años, estaba de pie en la esquina de su habitación, levantando el brazo enyesado una y otra vez, golpeando el duro borde de la pared como si el caparazón blanco que lo envolvía fuera un enemigo al que pudiera someter.
Sus ojos estaban abiertos, desenfocados y vidriosos, la clase de mirada que no provenía de la imaginación, sino de un miedo tan puro que reducía el pensamiento al instinto. El sudor le empapaba la línea del cabello y respiraba entrecortadamente mientras susurraba para sí mismo entre impactos, temblando como si la habitación misma cobrara vida.
"Por favor, quítamelo", suplicó, con la voz entrecortada tras horas de súplica. "Se mueve de nuevo. Lo siento. Se arrastra". La escayola, destinada a proteger y curar la fractura que había sufrido semanas antes en la escuela, se había convertido en algo completamente distinto, una cámara sellada de tormento que nadie más podía ver. Oliver no había dormido en días. Caminaba sin parar, incapaz de quedarse quieto, incapaz de acostarse sin que el pánico le desgarrara el pecho, rascándose a ciegas la estrecha abertura cerca de la muñeca con lápices y reglas, desesperado por un alivio que no podía identificar.
Para cualquiera que escuchara desde el pasillo, sonaba a tonterías, a un niño que exageraba la incomodidad hasta convertirla en terror; sin embargo, para Oliver, las sensaciones eran terriblemente precisas. Empezó como una picazón, luego calor, luego algo más agudo, como pequeños pinchazos que se multiplicaban hasta que sintió que su piel estaba invadida. Rogó que le quitaran la escayola, aunque eso significara soportar el dolor de nuevo, porque lo que estuviera sucediendo debajo era mucho peor que la lesión original.
Un padre demasiado cansado para escuchar
Jonathan Reed, el padre de Oliver, irrumpió en la habitación con la postura rígida de un hombre superado por el agotamiento, con la paciencia agotada por las noches de insomnio y la alarma constante. Había faltado a reuniones de trabajo, cancelado viajes y pasado horas discutiendo por teléfono con especialistas, todo mientras intentaba evitar que la casa se desmoronara.
Al ver a su hijo golpearse el brazo de nuevo, Jonathan reaccionó no con curiosidad ni preocupación, sino con el miedo convertido en ira. Cruzó la habitación en tres zancadas y agarró a Oliver por los hombros, obligándolo a tumbarse en la cama, sujetándole el brazo escayolado con manos temblorosas.
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