Un niño de 12 años con sonrisa burlona pensó que saldría libre, pero el juez ordenó su reclusión en un centro de menores
La sala del tribunal estaba en silencio, salvo por el murmullo de papeles y el leve chirrido de la silla del juez. Todos los ojos estaban fijos en el niño sentado en la mesa de la defensa. Jason Whitmore, de doce años, se reclinaba hacia atrás, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona dibujándose en la comisura de sus labios. Su pelo corto y su pierna inquieta delataban la energía de un niño demasiado joven para comprender plenamente la gravedad del momento. Parecía convencido de que esto era solo otro desvío en un juego que ya había aprendido a manipular.
Jason había sido arrestado por irrumpir en una tienda de conveniencia en el lado este de Columbus, Ohio. El delito en sí era menor comparado con lo que muchos adolescentes podrían intentar: había forzado una ventana trasera, se había deslizado dentro y se había marchado con dulces, unos cuantos paquetes de cigarrillos y, lo más descarado, un cajón portamonedas con $300 dentro. Lo que lo hacía diferente era su edad y su expresión cuando la policía lo detuvo: no era miedo, ni arrepentimiento, sino risa.
Este no era su primer roce con la ley. Los informes mostraban que Jason había sido detenido dos veces antes: una por vandalismo, otra por hurto en una tienda de ropa. Cada vez, había sido devuelto al cuidado de su madre con severas advertencias y condiciones de libertad condicional. Cada vez, la sonrisa burlona se había vuelto más amplia. Su madre, sobrecargada de trabajo y criándolo sola, suplicaba que era solo un niño, incomprendido e influenciado por chicos mayores del vecindario.
Ahora, ante el juez Richard Callahan, Jason parecía absolutely seguro de que el resultado sería el mismo. Miró alrededor de la sala, dedicando su sonrisa al fiscal y luego al alguacil, casi retándolos a que descubrieran su farol. Para él, esto no era un ajuste de cuentas. Era un teatro.
La fiscal, Angela Brooks, presentó la grabación de seguridad: Jason deslizándose por la ventana, metiendo chocolatinas en su mochila, riéndose mientras luchaba por cargar el cajón del dinero. La cinta terminaba con él lanzándose al callejón, sin ser consciente de la cámara que lo había grabado todo el tiempo. La voz de Brooks era mesurada pero firme: “Esto no es una travesura inofensiva. Es un niño que está escalando hacia patrones que, si no se controlan, conducirán a delitos graves”.
Aun así, Jason permanecía allí sentado con su sonrisa burlona. Estaba convencido de que el juez vería a un niño pequeño y lo despacharía con otra advertencia. Pero el juez Callahan había visto demasiados casos de estos antes. Se inclinó hacia adelante, con voz firme pero fría. “Jason Whitmore”, dijo, “puede que pienses que esto es una broma. Te aseguro que no lo es”.
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