Un Olor Inamovible
Introducción
Hay olores que impregnan no las paredes, sino la vida misma. No se borran con perfume, aire ni tiempo. Permanecen como recordatorio de que una vez amaste, creíste y viviste para otra persona, sin darte cuenta de lo poco que te desvanecías.
Alcanfor, ungüentos medicinales, sudor rancio y sábanas húmedas: este fue el olor del apartamento de Vera Pavlovna durante seis meses. El olor a enfermedad. El olor a abandono. El olor a sacrificio, por el que nadie le preguntó si estaba dispuesta a pagar el precio.
Tenía sesenta años. No se consideraba vieja. Pero en los últimos meses, el espejo se había vuelto implacable: hombros encorvados, ojeras, manos con venas visibles. Las manos de alguien que había soportado el peso de otra persona durante demasiado tiempo.
Creía que cuidaba de su marido.
En realidad, se estaba enterrando en vida. Desarrollo
¡Vera! ¡¿Dónde te has metido?!
La voz de Igor atravesó el silencio del apartamento como un cuchillo sin filo cortando el cristal. Vera hizo una mueca como si la hubieran pillado en el acto, aunque solo se había apoyado un momento en la pared de la cocina, intentando calmar su dolor de espalda.
La toalla se le resbaló de las manos y cayó al suelo. Ni siquiera se agachó para recogerla.
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