Un olor que no se puede ventilar

Se tragó estas palabras en silencio.

Unas semanas después, Vera empezó a sentirse mal. Primero, una ligera sensación de ardor, luego dolor, debilidad. Lo atribuyó al cansancio, los nervios y la edad.

Pero empeoró.

Le daba vergüenza pedir cita con el médico. Eligió un momento con menos gente en el pasillo, tapándose los ojos y envolviéndose en una bufanda.

La consulta olía a alcohol y papeles. El médico, un hombre corpulento con rostro cansado, tomó rápidamente unas muestras y le dijo que esperara.

Esos veinte minutos se hicieron eternos. Vera repasó mentalmente las posibles causas: un resfriado, una inflamación, hormonas.

Cuando la llamaron de nuevo, el médico ya estaba mirando el formulario de resultados.

"Siéntese", dijo secamente. "El panorama es claro".

Dio el diagnóstico: varias infecciones que solo se transmiten por contacto cercano.

Las palabras sonaban a un idioma extranjero.

"Esto es un error...", susurró Vera. "Esto no puede ser".

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