El médico la miró, serio, evaluándola.
"Las pruebas no fallan. ¿De dónde sacaste esto a tu edad?"
La vergüenza le quemó la cara como si le hubieran dado una bofetada.
"Llevo casada treinta y cinco años."
"Años", susurró. "Mi marido... apenas camina..."
El médico rió entre dientes.
"Así que o el diagnóstico es milagroso, o mi marido no está tan inmóvil después de todo. La infección no se transmite por el contacto diario."
Estas palabras marcaron el momento en que el mundo empezó a desmoronarse.
Salió de la clínica con las piernas entumecidas. Le zumbaban los oídos. Un pensamiento resonaba en su cabeza: ¿de dónde venía?
La casa estaba en silencio. Demasiado silencio.
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