"¿Y yo?" susurró. "Te lavé, te cargué, me destrocé la espalda..."
"Bueno, es una esposa", se encogió de hombros. "En la tristeza y en la alegría."
Estas palabras, antaño sagradas, sonaron a burla.
Vera se sentó lentamente en una silla. No había gritos ni lágrimas en su interior. Solo vacío.
Recordó cómo había rechazado reuniones con sus amigas, cómo se había desvelado, cómo había vendido joyas para pagar "masajes".
Él no estaba indefenso.
Ella estaba indefensa, ante su amor y su fe.
La enfermedad, la humillación en la consulta, el fuerte olor del apartamento: todo se conjugaba para formar una imagen aterradora.
La usaron.
Como enfermera. Como bolso. Como tapadera.
Igor ya estaba de pie junto al armario, poniéndose los pantalones.
"¿Adónde vas?", preguntó en voz baja.
"A casa de Lenka. Ahora que todo está ahí fuera, ¿para qué fingir?".
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