A las tres de la mañana, las luces del estudio seguían encendidas en un barrio cerrado a las afueras de Seattle. La casa era tan grande que se oía el ruido cuando alguien pasaba por el pasillo, pero esa noche, nadie se movió.
Jonathan Hale estaba sentado solo en su escritorio, mirando una pantalla llena de números que ya no tenían sentido para él.
De día, Jonathan era conocido por cerrar tratos que otros temían tocar. Su sello personal podía cambiar los mercados. Su voz, tranquila y mesurada, tenía peso en habitaciones de cristal y acero.
De noche, en su propia casa, se sentía extrañamente pequeño.
Habían pasado casi cuatro años desde la muerte de su esposa, Melissa. Después de esa pérdida, Jonathan hizo lo que siempre hacía cuando la vida se volvía insoportable. Trabajó más duro. Durante más tiempo. Se convenció de que la estabilidad provenía de los números, de cuentas que nunca se agotaban.
Y si podía darle a su hija todo lo que el dinero podía comprar, seguro que estaría bien.
Una niña en una casa demasiado silenciosa
Emma tenía siete años y había aprendido algo que ningún niño debería aprender tan pronto: a silenciar sus sentimientos.
Vivía en una casa llena de muebles caros en los que nadie se sentaba. Los suelos eran de piedra pulida, siempre fríos bajo sus calcetines. Su padre se iba antes del amanecer y volvía mucho después de la hora de dormir, trayendo regalos en lugar de conversaciones.
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