Sin dignidad.
Solo la ropa que llevaba puesta.
Roberto corrió la cortina, ocultando para siempre la presencia de la mujer.
El silencio volvió a caer en la habitación, pero esta vez era un silencio diferente.
Un silencio apacible.
Roberto se dio la vuelta.
María seguía en el suelo, enjugando las lágrimas de Sofía.
El millonario se arrodilló junto a ellos.
Tomó la mano de la humilde sirvienta. Manos. Esas manos callosas y trabajadoras que habían hecho lo que las manos de su esposa, incrustadas en joyas, se habían negado a hacer: proteger.
"Perdóname", le dijo Roberto a María con la voz quebrada. "Perdóname por no darme cuenta antes de a quién había dejado entrar en esta casa".
María negó con la cabeza y bajó la mirada.
"No hay nada que perdonar, señor. Yo... simplemente no podía dejar que te golpeara".
Roberto miró a su hija.
Sofía extendió la mano y él la abrazó con un abrazo que le prometía que nadie volvería a hacerle daño.
"Papá... ¿María se va a ir?", preguntó la niña con la voz temblorosa. "Dijo (la madrastra) que la iba a despedir".
Roberto miró a María.
"No, cariño. María no se va a ningún lado".
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