“Entonces no estamos peor que ahora”, respondió Marcus. “Pero funcionará. Ya lo he hecho antes. En un F-16. Y en simuladores de otras aeronaves. El principio es el mismo. Confía en tu entrenamiento. Confía en tus manos.”
Ryan respiró hondo.
Fuera de las ventanas de la cabina, no había nada más que oscuridad: ni horizonte, ni referencia visual. Solo el Océano Atlántico, a treinta y siete mil pies de altura.
Marcus lo guió paso a paso, en voz baja y firme.
“Desactiva el piloto automático. Confirma la presión hidráulica. Activa el módulo de control de vuelo de reserva. Verifica las luces de advertencia.”
Ryan dudó al pulsar el último interruptor.
Marcus le puso una mano firme en el hombro. "Tú lo tienes. Solo pilota el avión".
Ryan accionó el interruptor.
Por un instante, no pasó nada.
Entonces, el yugo se aflojó, se desactivó. El avión se estremeció violentamente, y Marcus sintió un vuelco en el estómago al perder treinta metros en un instante.
Entonces, el sistema de reserva se activó.
El yugo se endureció. El control regresó.
Ryan se retiró suavemente. El morro se levantó. El avión se estabilizó.
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