Ella lo miró con esos grandes ojos marrones —los ojos de su madre— y le preguntó por qué. ¿Ya no le gustaba el cielo?
Algo se quebró en su pecho ese día, una parte vital de sí mismo que enterró con cuidado y nunca volvió a tocar.
"Me gustas más", le dijo.
"Me gustas más que a nada en el mundo".
Ahora, sentado en un avión comercial y rodeado de desconocidos que lo miraban fijamente como si no existiera, esa parte enterrada se agitó.
Una azafata pasó apresuradamente junto a su fila; su calma apenas disimulaba el miedo. Un hombre de negocios al otro lado del pasillo se aferró al reposabrazos hasta que se le pusieron blancos los nudillos. Detrás de él, una anciana susurraba una oración en español.
Marcus se quedó mirando fijamente.
En la impenetrable oscuridad tras la ventana. Entonces miró su teléfono.
La última foto que le había tomado a Zoey: su sonrisa desdentada brillaba contra el fondo de su pequeña cocina.
Le había prometido que volvería a casa sano y salvo.
Lo había prometido.
La voz del capitán regresó, más tensa ahora. Más urgente.
“Damas y caballeros, necesito ser más específico. Hemos experimentado una falla crítica en nuestros sistemas de control de vuelo. Si alguien a bordo tiene experiencia en el vuelo manual de aeronaves, especialmente en aviación militar o de combate, necesitamos que se identifique ante la tripulación de cabina de inmediato. El tiempo apremia.”
Las palabras flotaron en el aire reciclado como humo.
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