Un hombre blanco de unos cincuenta años se puso de pie tres filas más adelante, agitando la mano con entusiasmo, como un estudiante desesperado por ser llamado. Anunció en voz alta que era piloto, un piloto privado. Tenía licencia. Horas registradas. Todo.
Una azafata se apresuró hacia él, con un destello de alivio en el rostro.
Marcus observaba con creciente preocupación.
Un piloto privado. Alguien que volaba Cessnas monomotores en fines de semana despejados. Alguien que nunca había perdido un motor en altitud, y mucho menos se había enfrentado a un fallo total de control de vuelo sobre el Atlántico.
El hombre hablaba con seguridad, gesticulando mientras enumeraba certificaciones y clubes de vuelo. No mencionó su experiencia en combate. Ni los procedimientos de reversión manual. Ni las habilidades específicas que requería esta emergencia.
La azafata asintió y se disculpó para consultar la cabina.
Marcus cerró los ojos.
El rostro de Zoey apareció al instante: su sonrisa, su risa, la forma en que estiró a papá hasta convertirlo en dos sílabas soñolientas.
Si permanecía sentado, si no hacía nada, podría sobrevivir. El piloto privado podría tener suerte. La tripulación podría encontrar otra solución.
O podrían morir todos juntos en las oscuras aguas.
La azafata regresó y negó con la cabeza en señal de disculpa. Las cualificaciones del hombre no eran suficientes. Se sentó con fuerza, desanimado.
Y el miedo dentro de la cabina se espesó como la niebla.
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