
Yo era la soldado Jessica Morales, veintiséis años, originaria de un pueblo olvidado de Zacatecas, supuestamente sin estudios ni futuro. Ajusté mis botas con torpeza calculada, dejando que mis manos parecieran inseguras, siempre un segundo más lentas que las demás. Mi cabello estaba recogido en un chongo reglamentario, pero ligeramente desordenado, como el de alguien que aún no entiende la rigidez militar.
—Apúrate, Jess —susurró Lucía Hernández, mi compañera de litera, una chica de diecinueve años de Oaxaca—. Hoy el sargento viene con ganas de destrozar a alguien.
—Ya voy… —respondí, fingiendo ansiedad.
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