“Un sargento humilla a una recluta en el desierto, sin imaginar que ella es una oficial de alto rango infiltrada. ¡El momento en que descubre la verdad lo dejó sin palabras!”

Por dentro, la Teniente Coronel Rebeca Torres, oficial de inteligencia del Ejército Mexicano, con operaciones encubiertas en Centroamérica y misiones conjuntas con fuerzas internacionales, observaba todo con frialdad clínica. Nadie en esa base sabía que la recluta torpe que corría última podía cerrar una instalación militar con una sola llamada cifrada a SEDENA.

Mi misión era clara y brutal: convertirme en la víctima perfecta.

Durante seis semanas había vivido como Jessica. Había estudiado expedientes de soldados que abandonaron la instrucción básica, imitado sus miedos, su postura encorvada, su silencio aprendido. Había enterrado mi orgullo —ese orgullo mexicano que te obliga a aguantar— porque aquí tenía que morir para que la verdad saliera viva.

Los rumores habían llegado hasta oficinas en Lomas de Sotelo, en Ciudad de México: abusos, castigos ilegales, extorsiones disfrazadas de “multas”, humillaciones sistemáticas. Pero los informes oficiales siempre estaban limpios. El miedo es un excelente borrador.

Necesitaban a alguien invisible.
Alguien como “la pobre chica de Zacatecas”.

El Sargento Primero Cárdenas patrullaba la formación como un dueño de hacienda. A sus treinta y ocho años, su cuerpo fuerte ocultaba una mente corroída por el poder. Sus ojos buscaban debilidad como un buitre.

—¡Firmes! —gritó.

Se detuvo frente a mí.

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