UN VIAJERO DE PRIMERA CLASE SE BURLA DE UNA MADRE CON UN BEBÉ LLORANDO—SIN SABER QUE SABOTA SU PROPIO DESTINO
La azafata endureció el tono. —Señor, le pido cooperación. Por favor, déjela sentarse.
Álex cruzó los brazos. —Increíble. Absolutamente ridículo.
De pronto, un hombre alto, de voz tranquila y unos sesenta años, bien vestido, se levantó detrás de él.
—Señora —le dijo a la madre—, puede tomar mi asiento. Es más privado.
—¿Está seguro?
—Por supuesto.
La mujer asintió agradecida y se cambió de sitio.
Álex no dio las gracias. Apretó el botón de llamada.
—¿Sí, señor Gutiérrez? —preguntó la azafata.
—Quisiera un whisky de los buenos. Solo.
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