El estómago de Álex se hundió.
—Has avergonzado a la compañía. Somos una marca familiar, Álex. ¿Tienes idea del daño que esto causa?
—No sabía que alguien grababa…
—No debería importar. ¿Crees que queremos esta imagen? Los comentarios son brutales. La junta ya me ha llamado.
Álex enmudeció.
—Estás suspendido. Efectivo inmediatamente. Hablamos la próxima semana. Quizá.
La llamada se cortó.
En el hotel, Álex se sentó en silencio, la pantalla del portátil iluminando la habitación. Vio el vídeo.
Ahí estaba él: grosero, arrogante, mientras una madre agotada intentaba calmar a su hijo.
Los comentarios no perdonaban:
“Este tipo cree que un bebé es un estorbo, pero su ego hace más ruido que cualquier niño.”
“Respeto al señor que cedió su asiento. Eso es elegancia.”
“Faltan gestos de humanidad en los aviones y menos Álex.”
Pero el que más le dolió era de alguien que conocía a la madre:
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