UNA EMPLEADA DE LIMPIEZA ESCUCHÓ LA CONFESIÓN DE LA NOVIA MINUTOS ANTES DE LA BODA Y…

Una empleada de limpieza escuchó la confesión de la novia minutos antes de la boda. Lo que hizo después dejó a todos sin palabras. Lucía Hernández llevaba 4 años limpiando la iglesia de Santa Clara del Monte, un templo elegante en el corazón de la ciudad, donde las familias más adineradas celebraban sus bodas y bautizos. Cada rincón brillaba no por los vitrales, sino por las manos callosas de Lucía, que cada madrugada fregaban, pulían y desinfectaban sin que nadie notara su presencia.

Aquella mañana de sábado, Lucía llegó temprano como siempre, sin imaginar que ese día le cambiaría la vida para siempre. La boda del empresario Diego Valenzuela con Sofía Rivas estaba por comenzar. Todo estaba decorado con orquídeas blancas y dorados elegantes. Era una boda de revista. Ella, discreta como siempre, limpiaba por última vez los baños de las damas cuando escuchó algo que la dejó helada. “¿Estás lista para convertirte en la señora Valenzuela?”, dijo una voz masculina desde uno de los cubículos.

Más que lista, amor”, respondió Sofía riendo bajito. “En unas horas seré dueña de la mitad de su fortuna.” Y en un mes, con los papeles firmados, tú y yo nos largamos a Europa. Lucía se quedó paralizada. Se había escondido instintivamente detrás de la puerta, agachada con el balde en la mano. Sofía continuó con un tono de desprecio. Diego es tan idiota. Todo lo que quiere es una esposa bonita para presumir. No tiene idea de que le voy a robar hasta el alma.

Y tú te encargas de que esa chacha no abra la boca, añadió Pablo besándola. A la menor señal la desaparecemos. Lucía retrocedió silenciosamente, el corazón golpeándole el pecho como un tambor desbocado. Salió sin hacer ruido y corrió hacia la nave central. Tenía que detener esa boda. La música ya sonaba. Los invitados comenzaban a aplaudir mientras la novia caminaba hacia el altar. Diego, vestido impecablemente de traje blanco, sonreía nervioso. Lucía se abrió paso entre la multitud, esquivando miradas, ignorando los murmullos.

Se detuvo frente al altar y gritó, “Diego, no te cases con ella, Sofía te está engañando.” El silencio fue absoluto. Los músicos se callaron. Todos los rostros se volvieron hacia esa figura delgada y temblorosa, vestida con su uniforme azul de limpieza. ¿Qué significa esto?, dijo el padre. Señorita, esto es un sacrilegio. Sofía fingió sorpresa llevando la mano al pecho. Lucía, tú otra vez, exclamó con voz herida. No puedo creerlo. Estás obsesionada con Diego. Llevas meses acosándolo. Mentira.

Yo escuché cuando le decías a tu amante que solo te casabas por dinero. Tú y Pablo están planeando robarle. Diego la miró desconcertado. La multitud murmuraba. Algunos grababan con sus celulares. ¿De qué hablas? Preguntó él acercándose. Pablo, mi amigo de la universidad. Sofía comenzó a llorar. Unas lágrimas perfectamente calculadas rodaron por sus mejillas. “Basta ya!”, gritó histérica. Esto es una locura. Esta mujer está enferma. Está celosa porque tú la rechazaste. Los escoltas del evento se acercaron a Lucía.

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