Algo había sido falsificado y ese algo llevaba la firma digital de Sofía. Esa noche, Lucía se sentó frente a su ventana con el pendrive en la mano. Miró al cielo y susurró, “Un poco más. Ya casi, mamá, ya casi.” Pero lo que no sabía era que alguien más comenzaba a sospechar. Carla, la asistente de confianza de Diego desde hacía años, había notado ciertos comportamientos. años en Sofía y estaba a punto de descubrir algo que cambiaría todo. Carla Santa María llevaba más de 8 años trabajando como asistente personal de Diego Valenzuela.
Lo conocía mejor que nadie, incluso más que su propia esposa. Había visto cómo cambió desde que se casó con Sofía. se volvió más frío, más distante, como si algo dentro de él se hubiera apagado. Pero jamás se atrevió a decir nada hasta que los indicios se volvieron imposibles de ignorar. Sofía siempre había sido elegante, encantadora en público, pero Carla comenzó a anotar pequeñas grietas en su máscara, llamadas en voz baja, ausencias injustificadas, excusas mal elaboradas. Una tarde, mientras organizaba la agenda de Diego, escuchó accidentalmente una conversación entre Sofía y alguien más por teléfono.
Solo alcanzó a oír unas pocas palabras. Nos vemos en el hotel. No te tardes, amor. Carla tragó saliva. Ese amor no era para Diego. Lo supo al instante. Tomó una decisión arriesgada. Al día siguiente pidió permiso para salir más temprano y siguió discretamente a Sofía desde la empresa. La vio subir a un taxi y se mantuvo a distancia. El coche se detuvo frente a un hotel boutique discreto pero elegante. Carla estacionó una cuadra más atrás. Esperó. 20 minutos después lo vio Pablo Ríos, el consultor externo, entraba al lugar con paso confiado.
No había margen de duda. Carla bajó del auto, cruzó la calle y se escondió cerca de la entrada. Minutos después, la puerta del lobby se abrió y los vio salir juntos, abrazados. Se besaron con intensidad, sin notar que estaban siendo grabados. Carla, con el corazón en la garganta apuntó su celular y capturó todo. Al día siguiente, sin decir una palabra, se presentó en la oficina de Diego, cerró la puerta con llave y le entregó el teléfono. Tienes que ver esto.
Diego tomó el celular sin entender, pero al ver las imágenes, su rostro se transformó. De incredulidad pasó a furia y luego al dolor más crudo. ¿Desde cuándo sabes esto?, preguntó con voz quebrada desde ayer. Perdóname, Diego, no podía estar segura antes. Diego se dejó caer en la silla. Todo lo que había ignorado, todas las advertencias que había desestimado, le estallaban en la cara. Sofía lo había engañado y no solo con otro hombre, con Pablo, su supuesto amigo, su traidor.
Ese mismo día, Lucía, aún bajo el nombre de Valentina, descubrió lo que sería la pieza final del rompecabezas. Mientras organizaba documentos financieros, notó una serie de transferencias dirigidas a una empresa llamada Ribas Consulting con sede en Panamá. El monto total superaba los $500,000 y lo más alarmante, los pagos estaban aprobados por correos manipulados aparentemente firmados por Diego. Aquí está, le dijo a Paola por mensaje. El robo está documentado y hay registros que vinculan a Pablo como intermediario.
Esto ya no es solo un fraude, es una bomba, respondió su amiga. Lucía sabía que ya era momento de actuar. Con todos los archivos respaldados, envió una copia al correo personal de Diego con un remitente anónimo. Le adjuntó un mensaje sencillo. Confirma lo que ya sospechas. No estás solo. Ella no es quien dice ser. Horas después, Diego le pidió a Carla que organizara una cena privada. Solo tres personas estarían presentes, él, Sofía y Valentina Morales. ¿Estás seguro?
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