Nadie se atrevía a hablar. Todos sabían lo que había atravesado. Todos sabían que esa mujer merecía cada aplauso. A kilómetros de ahí, en una vieja pensión, una televisión vieja mostraba en vivo la ceremonia. Sofía, con el rostro demacrado y una taza de café frío en la mano, observaba en silencio. Nadie la invitó, nadie pensó en ella. Y mientras Lucía y Diego se decían, “Sí, acepto.” Ella apretó los dientes. Sabía que había perdido. No por mala suerte, no por injusticia, sino por su propia ambición.
Su reflejo en la pantalla era el recuerdo amargo de lo que fue y ya no sería. El cura pronunció la bendición final. La música llenó la iglesia y entre lágrimas, risas y abrazos, Lucía y Diego salieron tomados de la mano, rodeados por una lluvia de pétalos. No necesitaban fama ni fortuna, solo se necesitaban el uno al otro. Desde ese día dedicaron su vida a ayudar a los demás. La fundación creció y Lucía se convirtió en un símbolo de esperanza para cientos de mujeres.
Su historia se contaba como ejemplo y cada vez que alguien preguntaba cómo logró superar tanto, ella respondía con verdad, con dignidad y sin rendirme nunca, porque al final la verdad y la bondad siempre vencen. Aunque el camino sea largo, aunque duela, aunque parezca imposible, Lucía Hernández no solo recuperó su vida, la transformó. Espero que te haya gustado la historia.
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