PARTE 1 — LA MUJER QUE LO OÍA TODO
Lo primero que Laura Whitman percibió después del parto fue el sonido.
Oyó el pulso rítmico del monitor cardíaco, el leve chirrido de las suelas de goma deslizándose por el suelo del hospital y la risa baja y satisfecha de su esposo Ethan Ross, de pie junto a su cama. Sin embargo, por mucho que lo intentara, no podía abrir los ojos, mover un músculo ni articular palabra.
Laura estaba viva.
Estaba prisionera de su propio cuerpo.
Dos horas antes, había dado a luz a gemelas en medio del caos. Una hemorragia masiva había estallado sin previo aviso. Los médicos gritaban signos vitales. La sangre empapó las sábanas. Alguien gritó "¡Paro cardíaco!". Entonces la oscuridad lo envolvió todo.
Cuando recuperó la consciencia, el control no.
Síndrome de enclaustramiento, aunque nadie había pronunciado las palabras todavía.
"Se ha ido", dijo Ethan con voz serena, como si anunciara una conexión perdida. “Tenemos que hablar sobre lo que viene después”.
En su mente, Laura gritó.
Su suegra, Helen Ross, se inclinó hacia la cama. “Le diremos a la gente que no sobrevivió”, murmuró. “Los bebés estarán mejor sin su… condición”.
Condición.
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