Una hamburguesa de 28 dólares, un vistazo a los ahorros de mi abuela y una llamada de atención inesperada.

Luego señaló mi teléfono, que estaba boca abajo sobre la mesa como si estuviera dormido.

"Vas a volver ahí fuera hoy", dijo. "Y el mundo va a hacer lo que hace".

"¿Qué es eso?", pregunté.

"Te va a vender comodidad", dijo. "Te va a vender 'merecer'. Te va a vender 'solo por esta vez'".

Golpeó la mesa con un nudillo.

“Y descubrirás si eres un hombre o un estado de ánimo.”

Esa frase me revolvió el estómago, porque no era solo una frase dura.
Era cierto.

Veinte minutos después, subí a mi coche, de vuelta a la ciudad, y el primer cartel que vi fue básicamente una carta de amor a la deuda.

Caras brillantes y sonrientes. La promesa de una vida mejor si pulsabas un botón.

Todo en Estados Unidos está diseñado para hacerte sentir que la próxima compra es una misión de rescate.

Se me encendió la luz de la gasolina.

Claro que sí.

Y tuve un momento extraño en el que casi me río, porque si Frank hubiera estado en el asiento del copiloto, habría dicho algo como: “Hasta tu coche está pidiendo limosna”.

En un semáforo en rojo, revisé mi cuenta bancaria.

No la que Frank me enseñó.

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