Miré la hamburguesa. De repente, se me quitó el hambre.
Esos 28 dólares podrían haber sido un día de jubilación. Ese café de 7 dólares cada mañana podría ser el anticipo en cinco años.
Me ahogaba en un mar de pequeños cargos mensuales, diciéndome que los “merecía” para lidiar con el estrés de estar sin blanca.
La ironía me supo amarga.
Me levanté. Fui al refrigerador, saqué el cartón de huevos y puse una sartén al fuego.
“¿Quieres uno?”, le pregunté.
Sonrió. Una sonrisa de verdad. Las arrugas alrededor de sus ojos se hicieron más profundas.
“Tortilla”, dijo. “Y tuesta el pan. No desperdicies la corteza”.
Esa noche, cancelé cuatro suscripciones. Eliminé las aplicaciones de entrega a domicilio.
Me senté en el sofá con él, viendo las noticias locales en el canal 4.
El mundo exterior era caro. El futuro daba miedo.
Pero por primera vez en mucho tiempo, me senté...
Allí, en la tranquila casa de un hombre que había ahorrado una fortuna en sándwiches de mortadela, no me sentía pobre.
Sentía que por fin empezaba a despertar.
La riqueza no se trata de lo que ganas. Se trata de lo que te niegas a regalar.
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