Una madre firma un formulario de donación de órganos para su hijo y tres años después escucha a su corazón decirle lo IMPOSIBLE…

Una madre firma un formulario de donación de órganos para su hijo y tres años después escucha a su corazón decir lo IMPOSIBLE…

Un estetoscopio cayó al suelo de urgencias y, en ese mismo instante, doña Lucía comprendió que el silencio había triunfado, en ese preciso instante.

Era Recife, y Caio, su único hijo, tenía 22 años cuando su motocicleta chocó contra un coche en la Avenida Norte. En el hospital, dijeron "muerte cerebral" con la boca, pero ella escuchó "fin" con el pecho. Trajeron un formulario: donar o no donar. Lucía agarró el bolígrafo como un remo en la tormenta.

Recordó cómo Caio se reía a carcajadas en la cocina, desafinando y gritando: "¡Mamá, prepara tu cuscús!". Entonces respiró hondo. "Que su corazón lata en alguien que aún lo necesita mañana por la mañana", susurró. Firmó. Las lágrimas nublaron el papel, pero no la decisión.

Los meses siguientes fueron un desierto con pequeños oasis. Con el tiempo, el dolor se convirtió en un suave anhelo, de esos que duelen menos pero nunca desaparecen del todo. Pasaron tres años, y Lúcia ya podía mirar la foto de su hijo sin derrumbarse por completo.

Un domingo por la tarde, su celular vibró mientras regaba las plantas. Era el Centro de Trasplantes. La voz habló con cautela: el receptor del corazón quería conocerla, si ella aceptaba. Lúcia sintió que le temblaban las piernas, pero logró responder: sí.

La reunión fue en Campinas, en el Parque Portugal, cerca del lago. Llegó temprano, con las manos frías, y vio a un joven alto, de sonrisa tímida, paseándose de un lado a otro. Se llamaba Renan. Tenía la edad que Caio tendría ahora. Cuando la reconoció, no le ofreció la mano. Abrió los brazos, como si su cuerpo supiera antes que su cabeza.

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