Lúcia se sintió atraída por ese abrazo. Apretó la oreja contra su pecho y escuchó: pum, pum, pum. Rápido, firme, obstinado. El mismo ritmo que oía cuando Caio dormía en el sofá después del trabajo. El llanto llegó sin previo aviso, como una lluvia torrencial.
Renan la abrazó con más fuerza, intentando calmarla. Y entonces ocurrió lo imposible. Acercó la boca a su oído y, con una voz dulce, casi infantil, dijo: «Ay, mamá... ¿por qué lloras?».
Lucía se quedó paralizada. Se le cortó la respiración. Se apartó lentamente y miró fijamente esos ojos extraños, pero familiares. Renan parpadeó, confundido. «Lo siento. Yo... yo nunca digo eso. Ni siquiera soy del noreste. Simplemente me salió solo».
Rió y lloró al mismo tiempo, una mezcla que solo una madre entiende. «No te preocupes, hijo mío. Así me hablaba el dueño de este corazón todos los días».
Se sentaron en un banco. Renan le contó sobre los años de espera y la primera carrera después del trasplante. Lúcia le contó sobre el cuscús, las risas y el sueño de Caio de abrir un taller.
La ciencia lo llama memoria celular, coincidencia, un detonante emocional. La fe lo llama mensaje. Lucía no discutió con nadie. Simplemente lo sintió. En ese "Mamá", recibió el saludo que el accidente le había robado.
Al despedirse, Renan se llevó la mano al pecho y dijo: "Prometo honrar este corazón". Lucía le tocó la mano, como si tocara una vida y una despedida al mismo tiempo. Y regresó a casa con la certeza de que el amor, cuando es verdadero, siempre encuentra la manera de latir.
"Si crees que ningún dolor es mayor que la promesa de Dios, comenta: ¡YO CREO! Y también di: ¿desde qué ciudad nos miras?"
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