Una millonaria tocó la puerta de la casa más humilde de su empresa… y descubrió una realidad que ningún dinero le había enseñado.

Una millonaria tocó la puerta de la casa más humilde de su empresa…y descubrió una realidad que ningún dinero le había enseñado.

Laura Mendoza siempre creyó que el mundo funcionaba como sus edificios:
recto, limpio, predecible…
y, sobre todo, bajo control.

Era una de las empresarias inmobiliarias más poderosas de México.
Antes de cumplir cuarenta años ya había levantado torres de vidrio frente al mar, centros comerciales de lujo y complejos residenciales que llevaban su apellido grabado en acero.

Vivía en un penthouse en Polanco, rodeada de mármol, ventanales infinitos y silencio.
Un silencio elegante.
Un silencio caro.

En su mundo no había espacio para excusas.
Ni para retrasos.
Ni para “problemas personales”.

Por eso, aquella mañana, algo la sacó de quicio.

Carlos Rodríguez, el hombre que limpiaba su oficina desde hacía más de tres años, había faltado otra vez.
Tres ausencias en un solo mes.

—Emergencias familiares —decía siempre.

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