Una millonaria tocó la puerta de la casa más humilde de su empresa… y descubrió una realidad que ningún dinero le había enseñado.

Laura apretó los labios mientras se miraba al espejo, ajustándose el blazer de diseñador.

—Curioso —murmuró con desdén—. En tres años jamás mencionó hijos.

Patricia, su asistente, intentó suavizar la situación.

—Señora, Carlos nunca ha dado problemas. Es puntual, callado, trabaja bien…

Pero Laura ya no escuchaba.
En su mente, todo era simple:
irresponsabilidad disfrazada de drama.

—Dame su dirección —ordenó—. Quiero ver con mis propios ojos qué clase de “emergencia” es esta.

Minutos después, la pantalla mostró el domicilio:
Calle Los Naranjos 847, Barrio San Miguel.

Un barrio obrero.
Lejos.
Demasiado lejos de su mundo de cristal.

Laura sonrió con superioridad.
Estaba segura de que pondría a Carlos en su lugar.

No tenía idea de que, al cruzar esa puerta, su vida iba a desmoronarse… para volver a construirse desde cero.

Treinta minutos después, su Mercedes-Benz negro avanzaba lentamente por calles sin pavimentar.

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