Una millonaria tocó la puerta de la casa más humilde de su empresa… y descubrió una realidad que ningún dinero le había enseñado.


Charcos de lodo.
Perros callejeros.
Niños descalzos jugando con una pelota vieja.

Las casas eran pequeñas, humildes, pintadas con restos de colores distintos.
Los vecinos miraban el auto como si algo imposible hubiera llegado al barrio.

Laura bajó del coche con tacones impecables y el mentón en alto.
Se sentía fuera de lugar, pero no lo demostraría.

La casa azul desteñida tenía la puerta agrietada y el número 847 apenas visible.

Golpeó con firmeza.

Silencio.

Luego…
llanto de un bebé.
Pasos apresurados.
Voces infantiles.

La puerta se abrió despacio.

El hombre que apareció no era el Carlos pulcro que ella veía cada mañana.
Tenía ojeras profundas.
Una camiseta vieja.
Sostenía a un bebé en brazos…
mientras otro niño se aferraba a su pierna, mirándola con desconfianza.

Carlos tardó unos segundos en reconocerla.
Cuando lo hizo, el color desapareció de su rostro.

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