Una millonaria tocó la puerta de la casa más humilde de su empresa… y descubrió una realidad que ningún dinero le había enseñado.

—S-señora Mendoza…

Laura se quedó inmóvil.
Aquella escena no coincidía con la historia que había construido en su cabeza.

No había teatro.
No había mentira.
Solo agotamiento.

—¿Puedo pasar? —preguntó finalmente.

Carlos dudó, pero abrió la puerta.

La casa era pequeña.
Demasiado pequeña para tantas vidas.

Dos habitaciones.
Una cocina improvisada.
Muebles viejos, pero limpios.
Una cuna armada con piezas desiguales.
Cuadernos escolares junto a frascos de medicina.

Los tacones de Laura resonaron sobre el piso de cemento como si gritara que ella no pertenecía ahí.

—Disculpe el desorden —murmuró Carlos—. Ha sido una noche difícil.

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