Una mucama de motel nota que una niña entra cada noche en la misma habitación con su padrastro… lo que ve a través de la ventana la deja en shock

Angela se apoyó contra la pared del motel, con el pulso acelerado. Esperaba algo siniestro—quizás gritos, tal vez violencia. Pero la escena dentro de la habitación 112 era extrañamente doméstica, inquietante de otro modo.

El hombre—ese tal Daniel Harper—estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra. Frente a él, libros de texto y cuadernos abiertos. La niña estaba al otro lado, con un lápiz en la mano, escribiendo frenéticamente. Él no la intimidaba ni le gritaba; la estaba enseñando. Sin embargo, la forma en que ella se encorvaba, con los hombros tensos, mostraba que no era una tarea normal. Angela aguzó el oído. Alcanzó a oír: “Más rápido. Tienes que ser más rápida si quieres ponerte al día.” Su voz era baja pero firme, casi militar. La mano de la niña temblaba al escribir.

Angela sintió alivio y a la vez temor. ¿Por qué estudiaban de noche, en un motel, noche tras noche? ¿Por qué la niña nunca hablaba en público? Había visto familias de viaje, pero esto era distinto. Demasiado rígido. Demasiado secreto.

A la mañana siguiente, la curiosidad la devoraba. Llamó a la escuela primaria local. Describió a la niña y preguntó si estaba inscrita. Ningún registro. El estómago se le hundió. Esa tarde pensó en llamar a la policía, pero ¿qué diría? ¿“Un hombre obliga a una niña a hacer tareas en un motel”? Sonaba ridículo. Sin pruebas, arriesgaría su trabajo y reputación.

La séptima noche, sus nervios se quebraron. Apenas entraron en la 112, se escabulló afuera, agachándose junto a la ventana. Esa vez, la niña no escribía. Daniel tenía abierta una computadora portátil, mostrando filas de código. “Esto es lo que necesitarás saber,” dijo. La niña entreabrió los labios como para preguntar algo, pero se contuvo, apretándolos. Sus ojos se desviaron un instante hacia la ventana, y Angela se paralizó. ¿La había visto?

El hombre cerró la laptop, se levantó y empezó a caminar. “No tenemos mucho tiempo. Me lo agradecerás después.” Su tono era urgente, con un tinte de frustración. Entonces dijo algo que heló a Angela: “Tu madre no entiende. Ella no puede saber de esto.”

Angela retrocedió, llevándose la mano a la boca. Aquello no era una simple estancia de motel. Era un entrenamiento secreto, oculto a la madre. Pero ¿por qué? ¿Y quién era realmente ese hombre—el supuesto nuevo padre?

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