Una poderosa empresaria se presentó sin previo aviso en casa de una de sus empleadas, y lo que presenció allí transformó silenciosamente sus vidas.
Laura Mendoza había construido su mundo con precisión. Como directora de un vasto imperio inmobiliario y multimillonaria hecha a sí misma antes de los cuarenta, prosperó en un entorno de torres de cristal, suelos de mármol y una eficiencia implacable. Sus días transcurrían con horarios estrictos, sus expectativas eran absolutas y las excusas no tenían cabida en su vocabulario.
Esa mañana, su paciencia finalmente se agotó. Carlos Rodríguez, el conserje que había limpiado sus oficinas durante tres años, había vuelto a faltar al trabajo. Tres ausencias en un mes. Siempre la misma explicación.
“Emergencias familiares”.
Laura se burló mientras se ajustaba el blazer a medida. En todo ese tiempo, no recordaba que él hubiera mencionado a la familia. Su asistente intentó defenderlo, recordándole su impecable historial y su discreta dedicación, pero Laura ya había tomado una decisión.
“Dame su dirección”, dijo bruscamente. Quiero ver esta 'emergencia' con mis propios ojos.
La dirección la alejó de su mundo habitual: el 847 de la calle Los Naranjos, en San Miguel, un modesto barrio obrero. Mientras su Mercedes negro avanzaba lentamente sobre el pavimento roto, entre charcos, perros callejeros y niños descalzos, Laura sentía la distancia de su propia vida a cada paso. Vecinos curiosos miraban el coche como si no perteneciera a ese lugar, porque no era así.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
