Se detuvo frente a una pequeña casa azul descolorida. El número de la puerta era apenas legible. Llamó con firmeza e impaciencia.
Al principio, hubo silencio. Luego, pasos apresurados, voces infantiles y el llanto de un bebé. Cuando la puerta finalmente se abrió, Laura se quedó paralizada.
Carlos estaba allí de pie, sosteniendo a un bebé, con el rostro pálido y los ojos ojerosos por el cansancio. Un niño pequeño se aferraba con fuerza a su pierna, mientras otro la observaba con recelo desde detrás del marco de la puerta. No se parecía en nada al hombre tranquilo y pulcro que veía cada mañana.
Le llevó un momento reconocerla. Cuando lo hizo, su expresión se desvaneció por completo.
“S-Sra. Mendoza… No esperaba…”
Laura no dijo nada. La escena que tenía ante ella no coincidía con la historia que había imaginado. No había pereza ni engaño; solo un cansancio que parecía rezumarle por los huesos.
“¿Puedo pasar?”, preguntó con voz más firme de lo que sentía.
Tras una breve vacilación, Carlos se hizo a un lado.
Dentro, la casa era pequeña pero limpia. Demasiado pequeña para una familia de ese tamaño. Un ventilador traqueteaba impulsaba el aire caliente por la habitación. Una cuna estaba en un rincón, cuadernos escolares y frascos de medicinas apiñaban una pequeña mesa, y la ropa lavada estaba medio doblada cerca.
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