Una mujer adinerada apareció en la casa de su empleado sin previo aviso y lo que descubrió allí terminó transformando su vida para siempre.

“Siento el desorden”, murmuró Carlos. “Anoche fue dura”.

El bebé volvió a llorar. Desde otra habitación se oyó una tos profunda y persistente.

“¿Cuántos hijos?”, preguntó Laura en voz baja.

“Cuatro”, respondió. “El menor tiene tres meses”.

Se quedó sin aliento. Poco a poco, las piezas empezaron a encajar.

“¿Y tu esposa?”, preguntó.

Carlos bajó la mirada.

“Murió hace seis meses. Cáncer. No se lo dije a nadie en el trabajo. Tenía miedo… miedo de perder mi trabajo”.

El peso de sus palabras llenó la habitación. Laura lo notó todo ahora: las manos temblorosas, la ropa desgastada, la tensión en su voz. Lo que ella había llamado irresponsabilidad de repente tenía un nombre diferente.

“Mi mayor está enfermo”, añadió. “Neumonía. Empeoró anoche. No podía dejarlo”.

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