La maternidad siempre había sido su deseo más profundo, una esperanza que sostuvo durante años de desilusiones, consultas médicas dolorosas, pruebas negativas repetidas y una cuna vacía esperando en silencio.

Cada suspiro de los doctores, cada diagnóstico incierto, cada mes que pasaba sin resultados fue enterrando lentamente su sueño, pero aun así, ella se negó a rendirse por completo.
Por eso, cuando ocurrió lo imposible, cuando su cuerpo comenzó a cambiar y su vientre empezó a crecer, ella creyó sin dudarlo, aferrándose a esa fe con todo su corazón.
Por las noches susurraba canciones de cuna, tejía pequeños calcetines con manos temblorosas y sonreía incluso cuando los médicos advertían que su embarazo era considerado de alto riesgo.
“He esperado esto toda mi vida”, les decía con voz suave pero firme, “no permitiré que el miedo me arrebate lo único que siempre he deseado”.
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Mis compañeros de clase se burlaban de mí porque mi padre es recolector de basura. El día de mi graduación les dije algo que nunca olvidarán.
La comida de mi vecina es un desastre, pero un comentario de su marido cambió mi vida por completo.
En medio de la boda, cuando todo debía ser perfecto, mi suegra tomó el micrófono y sonrió antes de decir: "Me alegro mucho de que hayamos encontrado una chica que sabe obedecer".
Nunca le dije a mi hijo que ganaba 40.000 dólares al mes. Pensaba que solo era una simple oficinista, hasta la noche en que aparecí en una cena que lo cambió todo.
Mi hija adolescente me sorprendió al traer a casa gemelos recién nacidos; luego un abogado me llamó por una herencia de 4,7 millones de dólares.
