Simplemente, silenciosa y metódicamente, me borré del papel que había desempeñado durante décadas sin que nadie me lo apreciara. Cuando finalmente cerré el portátil, la habitación se sentía diferente. De alguna manera.
Más grande que antes. Como si hubiera estado tanto tiempo con la espalda pegada a la pared.
Que había olvidado que había espacio para moverme con libertad. Un suave golpe en la puerta me hizo levantar la vista de mis pensamientos.
"¿Lena?" Era Mia, la novia de mi prima, con voz tímida y amable.
"¿Puedo pasar?"
"Claro", dije.
Entró sigilosamente y cerró la puerta con cuidado. Su cabello rizado se había encrespado un poco con el calor de la casa.
Y se aferró a una copa de vino como si fuera una manta de seguridad. "¿Estás bien?", preguntó con genuina preocupación.
"Estoy bien", dije, y me sorprendí al decirlo con total sinceridad.
Se sentó en el borde del escritorio, observándome atentamente. "Lo que dijo tu madre fue muy duro e injustificado".
Me encogí de hombros, intentando parecer despreocupado. "Siempre ha sido así conmigo".
“Lo sé, pero aun así”, Mia frunció el ceño con compasión. “Nadie dijo nada para defenderte. Simplemente lo dejaron pasar como si nada”.
“Ese es el punto”, dije en voz baja, asimilando la verdad.
Se quedó callada un momento, reflexionando sobre sus palabras. Entonces dijo algo que me sorprendió.
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