Natalia se movió en silencio, bloqueando a Clara con su cuerpo. Contuvo la respiración, escuchando. El roce se detuvo y luego se reanudó, más lento.
Su teléfono vibró en su mano. Un mensaje de Laura: «No abras la puerta. Llámame ahora».
Natalia miró la cerradura como si fuera lo único que se interponía entre ellas y un mundo que aún ansiaba tener un hijo.
Pulsó el botón de llamada con voz temblorosa. «Laura», susurró, «hay alguien afuera». El aliento de Laura llegó a la línea.
«Quédate adentro», dijo Laura rápidamente. «No te metas. Voy a llamar a emergencias. Mantén a Clara alejada de las ventanas». Natalia llevó a Clara al baño, la habitación más segura del apartamento. Clara no lloró. Simplemente abrazó con más fuerza a su osito de peluche.
El crujido cesó. El edificio se sumió en un silencio que pareció improvisado. Natalia oyó el ascensor, las escaleras, cualquier señal de movimiento.
Un minuto después, los pasos se desvanecieron. Entonces, el ascensor retumbó suavemente. Las rodillas de Natalia estaban a punto de doblarse, pero se mantuvo firme para Clara.
Cuando las sirenas finalmente aullaron débilmente en la distancia, Natalia no sintió alivio. Sintió algo más agudo: una confirmación.
Porque lo que Clara...Que se casara en su piel no era solo un recuerdo. Era una señal, y alguien allá afuera aún sabía leerla.
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