Una mujer pobre adopta a una niña huérfana, pero mientras la baña, descubre una horrible verdad.

Cuando Natalia intentó enderezar la correa de la mochila de Clara, la niña se estremeció con tanta fuerza que el osito de peluche resbaló y cayó al suelo; el sonido fue alarmantemente fuerte.

"Lo siento", dijo Natalia rápidamente, con el corazón latiéndole con fuerza. Clara lo recogió y susurró: "Estoy bien", con una voz que parecía ensayada.

Esa noche, Clara permaneció despierta, con la mirada fija no en el techo, sino en la puerta. Natalia estaba cerca, sosteniendo un vaso de agua que nunca bebía.

"Dejaré la luz encendida", dijo, intentando tranquilizarla. Clara no respondió, pero sus dedos se apretaron alrededor de la oreja deshilachada del osito.

Por la mañana, Clara comió cereal en silencio. Natalia le hacía preguntas amables: su color favorito, su animal favorito. Clara respondía solo con asentimientos.

Al mediodía, llamaron a la puerta. Laura regresó para la primera revisión supervisada. Su sonrisa era cálida, pero sus ojos lo evaluaban todo.

Clara se quedó quieta en el sofá, con las manos juntas. Laura le preguntó si se sentía cómoda. Clara asintió. Natalia sintió alivio, y luego culpa por sentirlo.

Después de que Laura se fuera, Natalia encontró a Clara en la cocina mirando fijamente el fregadero, siguiendo cada gota del grifo como si contara el tiempo.

"¿Quieres ayudarme a hornear?", preguntó Natalia. Clara dudó, luego se lavó las manos sin que se lo pidiera, frotando demasiado fuerte, demasiado tiempo.

Natalia notó

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