Clara evitaba estar detrás de la gente. Se colocaba de espaldas a la pared, como si las esquinas fueran más seguras que el espacio abierto.
A la hora de acostarse, Natalia leyó un cuento sobre un zorro que buscaba refugio en invierno. Clara escuchaba sin expresión, pero su respiración cambiaba en ciertos pasajes.
Cuando perseguían al zorro, Clara se ponía rígida. Cuando le ofrecían calor, apartaba la mirada, como si la amabilidad debiera cuestionarse.
Al tercer día, Natalia preparó un baño, no apresurado, sino intencionado. Agua tibia. Jabón de lavanda. Una toalla calentada en el radiador.
Clara permaneció rígida en el umbral de la puerta. Natalia mantuvo la voz firme. «Puedes decir basta cuando quieras», prometió, sintiendo cada palabra.
Clara asintió una vez y dio un paso adelante como si estuviera presentando un examen.
Y en ese momento, Natalia sintió una ira feroz e impotente contra un mundo que había enseñado a una niña a temer la dulzura.
Natalia ayudó a Clara a quitarse el cárdigan y luego la camisa. Mantuvo la mirada respetuosamente fija en el rostro de la niña, sin dejar que se desviara hacia abajo.
Fue entonces cuando lo notó.
Cerca del omóplato de Clara, tan cerca que podría haber quedado oculta por una tela, había una pequeña marca, demasiado precisa para ser accidental. Demasiado intencional.
No era una marca de nacimiento. No era un rasguño de la infancia. Era una forma fina y deliberada, descolorida pero inconfundible, como un sello impreso en la piel.
A Natalia se le secó la boca. Sus primeros pensamientos se dirigieron a médicos, hospitales, procedimientos. Pero el lugar se sentía equivocado: elegido, innecesario.
Clara estudió atentamente la expresión de Natalia, interpretándola como otros niños leen dibujos animados. Su voz era tranquila y monótona.
"No te lo frotes", dijo Clara. No era una petición. Era una advertencia.
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