Una mujer pobre adopta a una niña huérfana, pero mientras la baña, descubre una horrible verdad.

Natalia lo hizo: un símbolo sutil, demasiado preciso para ser aleatorio. La respiración de Laura se alteró.

“Eso no estaba en su expediente”, dijo Laura en voz baja, y bajo la calma, Natalia oyó algo más: una preocupación contenida.

Natalia preguntó por el historial de Clara. Laura compartió lo que pudo: hogares de acogida, transiciones interrumpidas, lagunas en los primeros registros.

“¿Limitado?”, repitió Natalia, con la ira agudizando su voz. “Es una niña”.

Laura suspiró, el sonido de alguien entrenado para soportar la impotencia. “Vendré mañana”, dijo. “Esta noche, no la presiones. Solo mantenla a salvo”.

Después de la llamada, Natalia revisó las cerraduras. Una vez. Luego otra vez. Luego una tercera vez. Al miedo no le importaba lo irracional que pareciera.

A la mañana siguiente, Clara estaba sentada a la mesa dibujando. Árboles otra vez. Siempre árboles. Natalia ofreció tostadas. Clara las tomó sin levantar la vista.

Laura llegó al mediodía, esta vez sin sonreír. Pidió ver la espalda de Clara. Clara se tensó al instante.

“Un momento, cariño”, dijo Natalia con dulzura.

Clara lo permitió, con la mandíbula apretada y la mirada perdida.

Laura se inclinó. Natalia vio cómo su expresión cambiaba: de la curiosidad a algo más frío, algo que no encajaba en un hogar infantil.

“Necesito hacer una llamada”, dijo Laura, saliendo al pasillo. Natalia captó fragmentos de su voz: sin registrar, indicador, verificar.

Cuando Laura regresó, le preguntó a Clara si recordaba que alguien le había dado la marca.
Clara negó con la cabeza. “Siempre estuvo ahí”.

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