Laura intercambió una mirada con Natalia, una mirada que abrió una puerta que ninguna de las dos quería cruzar.
“Clara”, dijo Laura en voz baja, “¿alguna vez alguien te ha dicho que no hables de cierto tema?”
¿Qué?
Clara asintió de inmediato, como si le hubiera dado memoria.
¿Qué cosas?
Clara apretó el lápiz con más fuerza hasta que se rompió. Se quedó mirando la madera rota como si fuera culpa suya.
"Lugares", susurró. "Habitaciones. Autos. La mujer de las uñas brillantes".
Natalia se sintió mal.
Laura terminó la conversación rápidamente. Le dijo a Natalia que mantuviera la rutina normal, pero sus ojos delataron sus palabras. Prometió actualizaciones "pronto".
Esa tarde, Natalia fue al centro ella misma. La recepcionista la reconoció y pareció inquieta. Natalia pidió el historial médico completo de Clara.
Apareció un gerente —educado, a la defensiva— hablando de protocolos. Natalia soltó una breve y amarga risa. Los protocolos nunca habían protegido a los niños.
No gritó. Simplemente se quedó.
Finalmente, Alicia salió con una carpeta delgada. Su rostro estaba tenso, como si se disculpara.
"Esto es todo lo que tenemos", dijo.
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