Pero mi hermano no podía esperar cinco días.
De todos modos, escribí nuestra dirección; cada letra me pesaba más que la anterior.
Entonces cerré los ojos y recé, en silencio y con sinceridad, para no haber cometido otro error esta vez.
El hombre que leyó el mensaje
A kilómetros de distancia, en un barrio tranquilo, rodeado de árboles altos y amplios jardines, Jonathan Reed estaba solo en su cocina, mirando su teléfono.
La casa era grande, elegante y dolorosamente silenciosa.
Tres años antes, su esposa, Marianne, había fallecido tras una larga enfermedad. Desde entonces, Jonathan había hecho lo que mejor sabía hacer.
Trabajaba.
Llenaba sus días de reuniones, números y decisiones que afectaban a cientos de empleados. Llenaba sus noches de silencio.
El mensaje de un niño pidiendo una pequeña cantidad de dinero para comprar leche despertó en él algo que no había sentido en mucho tiempo.
Le recordó lo último que Marianne le había susurrado en el hospital:
"No te conviertas en piedra, Jonathan. El dinero no significa nada si olvidas cómo sentir".
No había cumplido esa promesa.
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