"Yo... no sé. Papá fue a comprar comida. Dijo que antes de cenar. Pero..." Su voz se apagó. "No regresó".
La ambulancia pisó un bache. Lily se estremeció.
Brianna la estabilizó, apartándole el pelo húmedo de la frente.
"Ya estás a salvo. Ya casi llegamos".
Mientras Brianna ajustaba la vía intravenosa, un papel arrugado se deslizó del bolsillo de la camisa de Lily y cayó al suelo.
Brianna lo recogió. Parecía un recibo —viejo y arrugado—, salvo que en el reverso, escrito a toda prisa, había tres palabras:
"Llama al Dr. Keats lo antes posible".
Brianna no lo anunció. Lo dobló con cuidado y lo guardó en su chaqueta como si estuviera aferrada a un hilo que pudiera llevarla a algún lugar importante.
Lily miró fijamente los reflejos del techo.
"Si papá llega a casa y no estoy...". Se le quebró la voz. "Pensará que también lo dejé".
A Brianna se le hizo un nudo en la garganta.
"Tu papá no pensará eso", dijo con firmeza, como si necesitara que Lily le prestara su seguridad. "Se alegrará de que hayas recibido ayuda".
Afuera, Cedar Hollow ya estaba despertando de la peor manera: con rumores.
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