La llamada que una niña nunca debería hacer
La operadora llevaba tanto tiempo en este trabajo que creía haber oído todos los miedos que una voz humana podía transmitir, porque había noches en que quienes llamaban gritaban, tardes en que maldecían, mañanas en que hablaban con tanta calma que se notaba que su mente se había sumido en un extraño silencio solo para no quebrarse. Sin embargo, un frío día de octubre, mientras el viento sacudía una fina ventana al otro lado de la línea, llegó una vocecita que hizo que sus dedos se detuvieran sobre el teclado como si las teclas se hubieran congelado.
"Mi bebé se está desvaneciendo", susurró la niña, y luego el susurro se convirtió en un sollozo que intentó tragar, como si creyera que incluso el sonido del llanto podría consumir un tiempo que no podía permitirse.
La operadora suavizó la voz como siempre hacía cuando la persona que llamaba era pequeña, porque la suavidad a veces daba a las personas espacio para respirar, y respirar a veces les daba la firmeza suficiente para responder.
"Cariño, dime tu nombre".
"Juniper", dijo la chica, y su respiración se entrecortó como si corriera aunque estaba quieta, "pero todos me llaman Juni".
"Bueno, Juni. ¿Cuántos años tienes?"
"Siete".
Hubo una pausa, y tras ella se oyó un sonido tenso y débil que solo podía ser el llanto de un bebé, pero era tan débil que parecía que el llanto viajaba a través de la tela, la distancia y el agotamiento.
"¿De quién es el bebé, cariño?", preguntó la operadora, con un tono suave mientras su otra mano ya se acercaba al botón de enviar.
Juni respondió como si la verdad fuera obvia y pesada a la vez.
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