Le temblaba el labio inferior.
"Rowan. Se llama Rowan. Lo he cuidado desde que llegó".
La forma en que lo dijo, como si siempre hubiera sido su trabajo, como si nunca le hubieran preguntado si lo quería, le revolvió el estómago a Nolan.
"Maisie", dijo con dulzura, "¿dónde está tu mamá?".
Su mirada se posó en sus manos, y sus dedos se apretaron como nudos.
"No puede saber que me fui", dijo Maisie. "Se confunde. A veces olvida cosas, y a veces me olvida a mí, y si se asusta se esconde, y luego hay un hombre que a veces trae comida, y dijo que no debo hablar de él, porque es un secreto".
Nolan sintió un escalofrío en la espalda.
"¿Qué hombre?", preguntó con cuidado, despacio.
Pero la ambulancia ya estaba entrando en urgencias, con las puertas abiertas de par en par, y Rowan entró a toda prisa bajo las brillantes luces del hospital, que hicieron que Maisie entrecerrara los ojos como si no hubiera estado bajo la luz de un fluorescente limpio en mucho tiempo.
Luces brillantes y preguntas silenciosas
La unidad de urgencias pediátricas del Centro Médico Regional Cedar Hollow rebosaba de urgencia: las enfermeras se movían rápido, los monitores sonaban y una doctora de mirada amable y cabello recogido en un moño elegante se adelantó mientras el equipo llevaba a Rowan en silla de ruedas a través de las puertas batientes.
La Dra. Tessa Markham miró al bebé y su expresión se agudizó, con una concentración controlada.
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