La cerradura giró con un suave clic, apenas un sonido.
Pero después, el apartamento se sintió extrañamente quieto, como si el aire mismo hubiera decidido no moverse.
Su hija estaba en el pasillo sin siquiera quitarse los zapatos. La mochila resbalando de un hombro. La chaqueta cerrada hasta la barbilla. En su mano: un viejo conejo de peluche con una oreja suelta, retorcido lentamente entre dedos nerviosos.
Su madre, Clara, lo sintió antes de poder explicarlo.
No era solo la postura. Era la quietud. Demasiado controlada. Demasiado educada. Nada tranquila, a la defensiva.
"Cariño", dijo Clara, gentil, cuidadosa, como quien se acerca a alguien herido. "¿Qué tal lo de tu papá?"
La chica no respondió. Miró al suelo como si este pudiera darle instrucciones, retorciendo la oreja del conejo una... dos veces... como si fuera lo único que la mantenía firme.
Clara se agachó a su altura.
"¿Mila?"
Mila tragó saliva con dificultad. Su rostro permaneció inexpresivo, pero su boca tembló, apenas, como una grieta que intentaba disimular.
Entonces lo dijo.
"No me gustó el juego de papá".
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