"Mila… estoy aquí. Dime cuál era el juego".
Mila respiró temblorosamente, como si pisara un puente sin barandillas.
"Apagó la luz", dijo. "Cerró la puerta. Tenía que estar en silencio. En… silencio absoluto".
Los dedos de Clara se cerraron sobre la palma de su mano.
"¿Y luego qué?"
"Caminó", susurró Mila. "Y tuve que adivinar dónde estaba por sus pasos". A Clara se le encogió el estómago.
“Si lloraba, se enfadaba”, continuó Mila con la voz entrecortada. “Si llamaba a la puerta, decía que eras una mala madre. Que me estabas debilitando”.
Clara sostuvo la mirada de su hija, fijándola en ella con la mirada, mientras guardaba en silencio cada detalle en su memoria.
Entonces hizo la pregunta que sabía a miedo.
“¿Hizo algo que te hiciera sentir insegura... o incómoda?”
Mila bajó la mirada. Un leve asentimiento. Casi invisible.
Clara sintió que la habitación se inclinaba.
La voz de Mila se hizo aún más baja.
“Dijo que nadie me creería”, susurró. “Dijo que yo sería la mentirosa”.
Clara se tapó la boca durante medio segundo, no para ocultar la verdad, sino para acallar un sonido que podría asustar a su hija.
Entonces abrazó a Mila como si fuera una promesa que pudiera hacer físicamente.
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