—¿Estás vendiendo pan? —preguntó Diego, suavizando el tono como si pudiera disminuir su tamaño, su traje, su presencia.
La muchacha asintió apenas, levantando un poco el trapo para mostrar conchas y bolillos todavía tibios, envueltos con cuidado.
Entonces Diego vio su mano.
En el dedo anular izquierdo brillaba un anillo de plata con un topacio azul en el centro. No era un anillo cualquiera. La plata tenía un trabajo fino, casi artesanal, y el topacio tenía ese azul claro que brilla con la luz.
A Diego se le apagó el mundo.
Ese anillo lo había mandado hacer él. Único. Irrepetible. Con un grabado diminuto por dentro:
“D y X. Eternamente.”
Se lo había dado a Ximena, la mujer que desapareció dieciséis años atrás, con tres meses de embarazo y una carta que Diego conocía de memoria.
—¿Cómo te llamas? —logró preguntar.
—Cecilia… señor —susurró ella.
Cecilia.
Ximena siempre decía que si algún día tenía una hija, se llamaría Cecilia, como su abuela. Diego compró toda la canasta sin pensarlo, pagó el triple y le dio un billete extra que Cecilia intentó rechazar.
—No, señor, es mucho…
—No es mucho —dijo él—. Si tú o tu mamá necesitan algo… lo que sea… me llaman.
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