Le entregó su tarjeta con un número directo. Cecilia la tomó como si fuera frágil.
Diego permaneció empapado, viéndola alejarse descalza. Quiso gritar mil preguntas, arrancarle el anillo para confirmar el grabado, correr detrás de ella y decir: “Soy tu papá”… pero no lo hizo. Solo se quedó con el corazón temblando.
Diego no la siguió.
Pero el anillo sí.
Parte 2: la verdad que llevaba dieciséis años escondida.

Esa noche, en su departamento de Polanco, la ciudad iluminada tras el vidrio, Diego no pudo dormir. Sacó una carta amarillenta de Ximena, doblada hasta parecer a punto de romperse. La letra delicada aún le quemaba:
“Mi Diego… perdóname por no decírtelo de frente. Si te miro a los ojos, no me voy. Tengo que irme para mantenerte vivo. Mi hermano Damián se metió con gente peligrosa… Estoy embarazada de tres meses. No me busques. Por favor…”
Durante años contrató investigadores, siguió pistas falsas, cambió nombres. Nunca se casó, nunca amó a otra persona sin sentir que traicionaba un fantasma.
Y ahora, una niña con el anillo de Ximena había aparecido vendiendo pan bajo la lluvia.
Al día siguiente, Diego llamó a un hombre discreto, de esos que no hacen preguntas:
—Encuentra a Cecilia. Pero con cuidado. Sin asustarla. Que no sepa nada.
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