Una niña vendiendo pan ve un anillo en la mano de un millonario… y detrás hay una historia tan conmovedora que llenará tu corazón

Pasaron tres días que se sintieron como tres meses. El informe llegó: Cecilia vivía en las afueras de San Miguel, con su mamá. La madre trabajaba limpiando casas, estaba enferma, y el apellido registrado: Salazar. Había una foto. Cecilia sonreía, con rasgos idénticos a Ximena.

Diego no esperó más. Llegó a la casa una tarde nublada, tierra y charcos en el camino, gallinas picoteando entre latas viejas, pero flores: bugambilias trepando la reja, rosas blancas en macetas improvisadas. Tocó la puerta de madera.

—Usted… el señor del pan —susurró Cecilia.

—Sí… necesito hablar con tu mamá.

Ximena apareció, más delgada, rostro marcado, ojos hundidos, temblando al sostener la cortina. Sus miradas chocaron, y el mundo volvió a borrarse.

—Diego… —susurró.

—¿Por qué nunca volviste? —su voz quebrada.

Ximena contó todo: miedo, peligro, cáncer. Diego se arrodilló frente a ella, agarrándole las manos frías:

—¡No tienes derecho! Llevo dieciséis años muerto por dentro… y ella… ella es nuestra hija.

Cecilia cubrió la boca, y el anillo brilló en la luz triste de la casa.

—Soy Diego —dijo él, con cuidado—. Y si me lo permites… soy tu papá.

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