—¿Qué exactamente? —Bajó las cejas con condescendencia—. Dime delante de todos los invitados lo maravillosa esposa que soy. Después de todo, me he esforzado tanto en estas fiestas, he cuidado de ti durante tantos años. Lléname de cumplidos ahora mismo. Quiero asegurarme de que realmente aprecias todo lo que hago por ti.
Hubo una breve pausa. Los invitados sonrieron, anticipando un momento romántico. Anton estaba un poco avergonzado, pero su ego inflado le exigía conseguir la codiciada caja a cualquier precio. Se levantó, se puso la chaqueta y, abriendo los brazos teatralmente, comenzó a decir:
—¡Amigos! Mi Ta
Nya es oro, no una mujer. Es mi refugio seguro. Amable, comprensiva y económica. Sin ella, no habría alcanzado el éxito profesional que tengo ahora. Tanechka, ¡eres la esposa más sensible, generosa y atenta del mundo! ¡Gracias por priorizar siempre los intereses de la familia y tratarme con tanta reverencia!
—Dijo maravillosamente. —Sonreí ampliamente y puse la pesada caja justo delante de él—. No tienes idea de lo atenta que soy. Ábrela.
Tiró del lazo con impaciencia, levantó la tapa con aprensión... y se quedó paralizado, mirando dentro. Su rostro palideció al instante.
En la caja había un cheque de caja de una gran ferretería y una perforadora profesional nueva, pesada y de alta calidad.
—¿Esto... qué? —exclamó, parpadeando confundido.
—Un regalo, querida —lo miré fijamente a los ojos, manteniendo una compostura educada.
—¡Pedí un reloj! —le tembló la voz; el brillo se evaporó al instante—. ¡¿Para qué un puñetazo?!
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