"¡¿Legalmente?!", rió Zhanna. ¡No eres nadie aquí! ¡Ni siquiera tienes trabajo, idiota! ¡Te pago en un sobre, así que no tienes ningún derecho! ¡Vuelve a tu pueblo y ordeña las vacas! ¡Tu lugar está en el establo! ¡Fuera!
Los guardias de seguridad se llevaron a Nastya, que lloraba, de los brazos. Zhanna se limpió el zapato con una servilleta, disgustada, y cinco minutos después olvidó el incidente.
Pasó un año.
El negocio de Zhanna empezó a desmoronarse. Los clientes se marchaban, las inspecciones eran agotadoras. Y entonces llegó la tormenta: su principal competidor, el holding internacional Altair, compró el edificio donde se encontraba la oficina de Zhanna y multiplicó por diez el alquiler.
Ese fue el fin. Zhanna necesitaba llegar a un acuerdo urgente con el nuevo propietario o se arruinaría.
Hizo averiguaciones. El dueño de Altair era un tal Maxim Sobolev, un misterioso multimillonario que rara vez aparecía en público. Pero hoy debía venir a inspeccionar el edificio.
Zhanna se puso su mejor vestido y se peinó. Estaba segura de que podría cautivarlo y llegar a un acuerdo.
Una comitiva se detuvo frente al edificio. Un hombre alto y majestuoso bajó de una limusina negra. Y junto a él...
Zhanna se frotó los ojos.
Una joven y hermosa mujer con un elegante traje caminaba junto a él. Empujaba un cochecito con un bebé dentro.
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